Una labor encomendada. El origen de la Red de Escuelas de Música de Medellín.
- Amadeus Fundación

- 24 mar
- 16 Min. de lectura
Queremos contarte esta historia a dos voces: la de Juangui, fundador de esta gran causa, y la de Amadeus, su gran aliada. Así que prepárate para sumergirte en esta historia de la vida real que dio luz a un programa que contribuyó a transformar positivamente a Medellín desde el corazón y la genialidad de los niños y jóvenes, con la música como herramienta.
El origen de la Red de Escuelas de Música de Medellín es el resultado de un compendio de diversas situaciones, experiencias y revelaciones que nos fueron conduciendo hacia esa titánica misión. Mientras Juangui culmina la tarea de escribir un libro que contará la historia completa con todos los detalles, adelantamos un poco el cómo y por qué de este logro de ciudad, a manera de abrebocas, del cual todos en Medellín deberíamos sentirnos orgullosos.
Esta historia comienza en la década de los ochenta, casi llegando a los noventa. Medellín y toda Colombia estaban atravesando uno de los peores momentos de violencia y criminalidad. El miedo y la segregación eran permanentes. Eran pocas las noticias alentadoras en medio de los titulares encabezados por Pablo Escobar y los enfrentamientos entre bandas delincuenciales. La sociedad colombiana era la más afectada.
En este contexto, Juangui de 23 años vivía un momento de exploración interna que años más adelante se revelaría como su gran propósito de vida. Su propia historia de crecimiento, de luchas, errores y aciertos, que luego él mismo contará de primera mano en su anhelado libro, es la raíz del porqué crear un programa como este. El haber encontrado un día, en primera plana del periódico, que Pablo Escobar había creado escuelas de sicarios en los barrios más vulnerables de Medellín despertó en él un llamado tan intenso que comenzó a conducirlo a recibir señales aún más claras de que, incluso sin saber cómo hacerlo, debería comenzar a contribuir a un nuevo capítulo de esperanza para la ciudad.
Tal vez muchos de ustedes crean o no en Dios. Quizás crean en diversos dioses o en la fuerza inexplicable de un ser superior, de la energía o frecuencias que nos regala el universo. Esta historia tiene mucho de eso. Si no crees en “estas cosas”, está bien; digamos entonces que la creación de este programa se dio por la terquedad de una persona, lo cual también es cierto.
Juangui contará en su momento los pormenores de sus encuentros espirituales. Lo que sí podemos adelantarles es que nuestra Medellín musical de hoy no contaba con escuelas de música para los menos favorecidos, y si las había, eran muy escasas. Además, nadie subía a los barrios; nadie se atrevía. En ese panorama que hoy parece imposible, la música tampoco era considerada como una herramienta para impulsar la transformación social.
¿Quieres saber algo aún más sorprendente? Las primeras iniciativas de Juangui para cerrar la brecha social y promover la paz entre barrios enfrentados, acercar a las instituciones culturales a grupos de artistas locales, facilitar la circulación de músicos profesionales a barrios históricamente marginados, entre otros esfuerzos que hoy en día son apoyados y aplaudidos sin titubeos, le generaron todo lo contrario: rechazos, puertazos, espaldazos e incluso amenazas: “Usted está tratando de democratizar la música y eso no va con nosotros”.
Democratizar la música es tal vez la frase que más leemos y escuchamos en la actualidad, ¿verdad? Precisamente se trataba de eso: de democratizar el acceso a los derechos que nos corresponden como niños, como jóvenes, como adultos de una sociedad que necesitaba de la educación, del arte y de la cultura para ser, para existir y para sobrellevar tanto dolor.
En 1988 se crea la Casa Musical Amadeus, dedicada a la comercialización de partituras, instrumentos, accesorios e insumos musicales. Desde su gestación, Juangui soñó con convertirla en una empresa social capaz de generar rentabilidad económica para financiar programas de desarrollo cultural y formación musical en Medellín, una ciudad que ya en los años noventa había sido catalogada como la ciudad más peligrosa y violenta del mundo.
Además de la tarea comercial, Amadeus se aventuró a desarrollar un sinnúmero de eventos culturales en Medellín y en sus barrios periféricos, lo que permitió establecer relaciones cercanas con comunidades y líderes sociales, así como con el sector cultural en general, a través de la promoción de programas artísticos, charlas didácticas de música y conciertos.
Si quieres ahondar en esta parte de la historia, te invitamos a leer “Aproximación al impacto histórico de Amadeus desde 1988 hasta la fecha”.
De esas primeras iniciativas se obtuvieron grandes hallazgos. Primero, los conciertos con agrupaciones musicales amateur y profesionales en barrios como Castilla y Aranjuez permitieron evidenciar la acogida de estas propuestas y el interés por la cultura. Luego, “El Momento de la Música”, icónicos video-conciertos al aire libre todos los viernes en el Parque de Banderas, mostró que la gente podía y quería disfrutar y aprender de la música sin tanto protocolo ni limitantes. Se trataba de la forma, no del contenido. Había que leer a la gente, acercarse a sus miedos, dolores y tratar de entender la brecha que encontraban al intentar experimentar la cultura.
Un día, en medio de uno de estos video-conciertos, emocionado, Juangui anunció a las audiencias que algún día, en vez de videos, habría una orquesta de jóvenes en vivo, y que sus integrantes vendrían de los barrios: ¡serían los mejores músicos de la ciudad y grandes seres humanos!
En su cabeza ya había un borrador con miles de ideas y grandes interrogantes. ¿Por dónde empezar? Eso sí, los fundamentos estaban claros desde el inicio, desde antes de ponerlos sobre el papel: crear un programa musical con sentido social. Debía ser educación masiva, sin costo. La formación humana debía ser el objetivo principal, ¿o si no para qué? La metodología debía ser de alto nivel, divertida, colectiva y con resultados en el menor tiempo posible. Las escuelas tenían que ubicarse prácticamente al lado de las escuelas de sicarios que les estaban robando los sueños y vidas a las nuevas generaciones. Luego habría que crear orquestas sinfónicas y coros. En pocas palabras: ¡había que crear una gran revolución!
Es momento de cambiar de voz y darle la palabra a Juangui para que continúe contándonos esta increíble historia:
“Comencé emocionado a trabajar en la nueva idea. En mis oraciones me comprometí a desarrollar este proyecto que iba a ocupar mi existencia completa. No sabía por dónde iba a empezar, pero sabía que contaba con una fuerza divina que me iría enseñando el camino en la medida en que fuera dando los pasos.
Era sin duda un proyecto ambicioso. Ahora la tarea era encontrar eco en el gobierno como mayor financiador para algo tan novedoso. Había que garantizar la permanencia en el tiempo y los recursos, sin depender del alcalde de turno.
El consejo de los eruditos era que comenzara con un Acuerdo del Concejo de Medellín.
Así que emprendí esa misión. No sabía a qué me estaba enfrentando.”
“Mamá, hoy ha ocurrido algo muy importante, algo que va a ayudar a cambiar la ciudad y va a hacer historia. Hoy me aprobaron un proyecto muy importante”.
Cómo crear una política pública y no morir en el intento. La creación de los Acuerdos 3 y 4 de 1996.
La gestión y trámite para lograr el apoyo de la Alcaldía de Medellín para la creación del Programa Red de Escuelas de Música de Medellín comenzó con una reunión privada con el alcalde Sergio Naranjo en 1995, gracias a la gestión de un amigo de la infancia, Saúl Pineda.
El alcalde me recibió en su despacho un domingo a las 3:00 p. m. Nervioso, le presenté la idea. Mi claridad era que un programa de esa envergadura y con ese contenido social y cultural debía ser financiado por el Estado, pero yo en ese momento no conocía experiencias similares que sirvieran de ejemplo, tampoco la ciudad las conocía, y conseguir recursos del Estado es de por sí una tarea titánica. Al alcalde le gustó el proyecto y me dijo que era una tarea dura, pero que si conseguía el apoyo del Concejo de la ciudad podían aprobar unos acuerdos municipales para que el programa contara con institucionalidad y recursos.
Yo no sabía en qué me estaba metiendo, pero lo asumí como algo factible y allí comenzó una de las tareas más intensas de toda mi vida. Yo tenía una secretaria amiga en la Comisión Tercera del Concejo, Estela Muñoz. Entonces le presenté la idea y le advertí que el alcalde la apoyaba al 100 %, pero me tocaba a mí hacer toda la gestión y el lobby. Acordamos redactar un proyecto de acuerdo para ser estudiado por el Concejo.
Me senté a redactar el tema social, el musical, el impacto, el origen y la proyección, y ella me ayudaron con el lenguaje legal, político y demás elementos necesarios en el texto. Luego había que presentárselo a un concejal para que se apropiara de él, para que hiciera la ponencia y lo defendiera en la Comisión Primera; si pasaba esa instancia, lo propondría y defendería en la plenaria del Concejo. Mientras tanto, yo iba haciendo lobby, presentándoselo a los demás concejales, tratando de ganar su apoyo y anotando sus puntos de vista para hacerle modificaciones.
El proyecto de acuerdo fue inicialmente presentado a un concejal para que hiciera la ponencia. Si no pasaba el debate en la Comisión Primera, no llegaría a la plenaria del Concejo y de esta manera se alejarían las esperanzas de su aprobación.
Por fin se fijó fecha para el debate del proyecto en la Comisión. Se trataba de la creación de 20 escuelas de música en los barrios populares de Medellín. La fecha se cumplió y el proyecto fue aprobado por unanimidad. Si el proyecto no pasaba a la plenaria sería archivado, es decir, muerto; porque hasta ese momento un proyecto archivado nunca volvía a plenaria. Era un asunto de vida o muerte: tenía una sola oportunidad. Por el apoyo que había logrado conseguir me sentía bastante seguro, pero asustado.
Fueron semanas y meses metido día y noche en el Concejo de Medellín. Tenía a todo el mundo desesperado: nadie quería escuchar una sola palabra más sobre las “escuelitas de música”. Los entendía, pero me sentía muy solo.
Me recomendaron mostrar el apoyo de la comunidad, sobre todo por ser este un proyecto nuevo, de gran cobertura y sin precedentes en la historia de la ciudad, para darles seguridad a los concejales de que no era una aventura sin norte.
De inmediato me puse en comunicación con las mismas organizaciones comunitarias con quienes habíamos hecho el concierto de Navidad en dos de los barrios donde más se intensificaba el conflicto: Castilla y Aranjuez. Ellos organizaron una reunión con 90 líderes juveniles de la Comuna Nororiental y, en una reunión que iban a sostener, me darían unos minutos para convocar ese apoyo.
La reunión rodó sin inconvenientes, hasta que me presentaron ante todos, resaltando que ya habían trabajado conmigo en lo que se llamó Feliz Navidad Antioquia en el año 1990 y que era un emprendedor social comprometido.
Al tomar la palabra, expliqué el alcance del proyecto: escuelas gratuitas, ubicadas en los barrios directamente, donde los niños no se tuvieran que desplazar grandes distancias; con profesores de alto nivel y, por supuesto, todos los instrumentos sin costo para los niños en calidad de préstamo.
Todo iba de maravilla. Sin embargo, les parecía mentira tanta belleza, pero valía la pena intentarlo. Todos estábamos muy contentos, el apoyo era total, hasta que una voz se pronunció en el recinto. Un joven preguntó:
—“Profe, ¿qué instrumento van a tocar los niños?”
Y yo, sin demora, como estábamos tan contentos, contesté:
—“Violín”.
Pareciera que les hubiera mencionado al diablo. Todo se agitó; la gran mayoría se puso de pie para irse, otros me llamaban embaucador, politiquero barato.
—“Esos instrumentos son de los de allá, de la ciudad. Nosotros no tocamos esos instrumentos; con ellos nos han humillado toda la vida y nos han llamado incultos.
Nosotros tocamos congas, baterías, trompetas, acordeones, guitarras. Ya habíamos sospechado que todo esto era una farsa, una mentira”.
Nunca olvidaré estas palabras. Nunca me había visto más confundido. El arte y la cultura nunca habían subido esas lomas de la ciudad y se habían quedado en sus recintos culturales, donde el arte era para unos cuantos que además lo podían costear.
Era por ahí por donde había que empezar: por ese dolor. Y, si bien todo era caótico en ese momento, había una gran oportunidad de cambiar esa historia y liderar una nueva con los niños de esas comunidades. La verdad era que debía encontrar un compromiso de apoyo a mi propuesta o, de lo contrario, la música sinfónica y coral no iba a tener entrada en esos barrios nunca, después de ese fatídico día.
Por más que intenté explicar, no fui escuchado; era como echarle gasolina a un incendio. Algunos de los líderes que me conocían y eran más razonables se acercaron con voluntad genuina y me propusieron:
—“Juangui, no insista en explicar las bondades del programa. Proponga una prueba de un año y decidir sobre los primeros resultados. Usted tiene acogida en estas comunidades y nosotros lo apoyamos”.
Me pareció una salida salomónica, práctica; además, aún estaba en juego la aprobación del Concejo.
Llegó el día del debate en la plenaria, que sería una jornada larga. Sin embargo, la noche anterior había sucedido un conflicto entre las bancadas del gobierno y las de oposición. Al llegar al Concejo y, una vez en el recinto, uno a uno los concejales pasaron a decirme que el proyecto había sido negado y, por ende, archivado; que no iban a haber escuelas de música; que qué lástima un proyecto tan bonito.
Me sentía en dos mundos al mismo tiempo. Pregunté qué había pasado y me contestaron que, a raíz de las declaraciones de la bancada de oposición, la bancada del gobierno, en retaliación, les había negado en la votación todos los proyectos a los de la oposición.
—¿Y eso qué tiene que ver con el proyecto? —pregunté.
—Nosotros no somos de ningún bando. Este es un proyecto de ciudad.
Regresé a mi oficina golpeado, derrotado, sin alternativas. Todo se había esfumado y parecía definitivamente irrecuperable. Algo que me dolía mucho es que todos repetían que el proyecto había sido archivado, y esa era la muerte del proyecto, porque del archivo ya nunca vuelven a debate. Parecía un golpe mortal: el proyecto no pudo ver la luz del día, y todo por una riña política, nada que ver con su contenido y propósito.
Parecía absurdo, pensaba yo; había sido aprobado en primera instancia y ahora los mismos que lo aprobaron lo hundían. Tan álgido era el tema que ya no se podía ni preguntar en el Concejo porque despertaba el conflicto y porque todos coincidían en que un proyecto archivado ya no se podía revivir, y de hacerlo, nadie lo apoyaría.
Di vueltas y vueltas, fui a todas partes, consulté a todos los niveles, y todo llegaba a la misma conclusión: ya todo estaba perdido. Pero yo era incapaz de aceptarlo. Me sentía con la fuerza para dar una segunda pelea, solo que no sabía por dónde empezar. Entonces se me ocurrió empezar por el principio: volver donde el alcalde, comentarle todo y hacerle alguna propuesta. No sabía cuál, pero sabía que al hablar con él algo se me ocurriría. Era la última carta que me quedaba por jugar.
Recuerdo esta nueva reunión porque fue fuerte. El alcalde estaba muy molesto con la oposición. Aceptaba que, en toda la movida política, se había afectado el proyecto de las escuelas y otros más, pero que la posición de ellos era inaceptable. Estaba furioso. Le dije:
—Lo que pasa, señor alcalde, es que esta es una pelea política y el proyecto no tiene nada que ver. Se aleja una oportunidad de hacer una obra importante que beneficia a las comunidades y, en especial, a los niños.
—¿Qué propones? —me dijo.
Y yo, con mucha pena y sin querer crear más conflicto, le dije:
—Revivir el proyecto. Llevarlo de nuevo a debate. Lo que pasa es que no sé cómo, y abogo a usted para que me ayude. Este es su proyecto; usted lo apoya y lo quiere realizar. Saquémoslo de la pelea y démosle vida.
“Propongo —me dijo el alcalde— sacar el proyecto del archivo y volverlo a presentar. Solo que esta vez lo presenta mi administración, no la oposición. ¿Crees que lo acepten? Es una propuesta atrevida. ¿Eres capaz de hacérsela? ¿La aceptarán? Es la única manera que veo posible”.
Yo le contesté:
—Señor alcalde, usted ha abierto una puerta con un gesto de nobleza y generosidad. Si todos pensamos en la ciudad, podemos llegar a acuerdos. Me queda a mí la tarea de convencer a las partes. Deme un par de días y le traigo una respuesta que espero sea muy positiva.
Sin entender muy bien qué implicaba esto, me fui a hablar con algunos de la oposición que habían presentado el proyecto inicialmente. Su recibimiento fue amable, pero estaban furiosos por lo que había pasado y por la actitud de la bancada de gobierno. Les dije:
—Yo no entiendo mucho los asuntos políticos y respeto las posiciones de cada uno. Lamento lo ocurrido y espero que todo tenga un final feliz. Yo vengo a hablarles del proyecto.
—¡Pero está muerto! —me dijeron—. ¡Lo enterraron! ¡Ya no hay nada que hacer!
Al decir esas palabras sentí que había llegado el momento de decirlo todo. Era ahora o nunca. Les dije:
—¿Qué les parece si revivimos el proyecto y lo presenta la Alcaldía, y así tiene el apoyo de todos?
Me contestaron:
—¿Usted cree que el alcalde va a aceptar eso? Se necesita mucha grandeza para hacer algo así. Está soñando.
Les dije:
—Si el alcalde tuviera ese gesto de grandeza, ¿ustedes tendrían la misma grandeza de ceder el proyecto y apoyarlo en su presentación?
—Absolutamente —me contestaron todos—. No solo sería un gesto de grandeza; es que la única manera de revivir el proyecto es que lo presente la Alcaldía. ¿En realidad puede conseguir ese gesto del alcalde?
Les debo confesar que me atreví a conseguir ese gesto del alcalde antes de venir aquí, confiando en que ustedes estarían de acuerdo y harían lo mismo.
De inmediato me fui donde el alcalde. Le expliqué lo sucedido y me dijo:
—No lo puedo creer. No me imaginé que la oposición fuera a reaccionar así. Diles que si ellos tienen esa grandeza, yo también. Ya mismo llamo al secretario de Educación y al de Hacienda para que procedan a redactar un nuevo proyecto de acuerdo y lo presentemos lo antes posible al Concejo.
Ambas secretarías comenzaron el trámite del proyecto en el Concejo, esta vez como un proyecto de la Alcaldía. Pero ambas corporaciones quisieron hacer cambios y adiciones, lo cual fue muy traumático, porque podía llevar el proyecto a convertirse en otra cosa totalmente distinta. Sostuve largas reuniones, debates y, a veces, confrontaciones con funcionarios. Comenzaron a aparecer personajes de la cultura contrarios a la iniciativa, y otros con intereses distintos. Pareciera que se había abierto una caja de Pandora.
Para esta época, ya casi diciembre de 1996, época en que todo se pone tenso y hay muchos proyectos para debatir, apoyado en las secretarias de la Comisión Tercera logramos programarlo para primer debate, el cual fue nuevamente aprobado por unanimidad. Ahora había que programarlo para la plenaria y solo faltaban unos días para el cierre de las sesiones del Concejo. Logramos instalarlo en la programación casi el último día.
Recuerdo mucho ese día, porque de nuevo hubo un enfrentamiento entre el alcalde y el Concejo, ya que el alcalde no quería llamar a sesiones extra para discutir el presupuesto de la ciudad para 1997. Entonces, en medio del debate, algunos concejales se retiraron del recinto y, al conteo, el secretario del Concejo advirtió que no había quórum para deliberar; por lo tanto, se levantaba la sesión, la última del año. No habían discutido el presupuesto de la ciudad, y ni qué decir del proyecto.
Otra vez entraba en aguas turbulentas y de total incertidumbre.
Por varios días estuve confundido; ahora la pelea era entre todo el Concejo y el alcalde, y eran temas de mayor trascendencia que lo que yo proponía. Se estaba acabando el año y cada vez se veía más lejano el proyecto. Ya no podía parar: había llegado muy lejos y con logros asombrosos, pero otra vez estaba frente a la plenaria y sin poder avanzar.
En mis visitas al Concejo me enteré de que se había solucionado el impase y que el alcalde iba a llamar a sesiones extra para discutir el presupuesto de la ciudad, que era esencial. Pero me advirtieron que en unas sesiones extra no se discuten sino proyectos urgentes y de alta relevancia; el llamado es para ciertos proyectos específicos.
“Olvídese de esas escuelas por este año”, me dijeron.
Yo ya no entendía razones. Estaba muy cerca de alcanzar la meta; el agotamiento era total, pero más me podía la terquedad y la convicción.
Me conseguí el dato de que el alcalde iba a estar en un evento en un lugar de la ciudad. Fui y me colé para hablar con él. Él, siempre tan atento y amable, me vio y me saludó:
—Háblame de tus escuelas de música.
—Muy triste, señor alcalde —le respondí—. Otra vez atrancados. Se cerraron las sesiones en el Concejo. Estamos a solo un paso. Lo necesitamos a usted. Total, es su proyecto, y este es el momento.
—Dime, ¿qué podemos hacer?
—Alcalde, programarlo para debate en las sesiones extra. Yo sé que es mucho pedir y es fuera de lo normal, pero permítame este atrevimiento. Esta es mi labor.
Lo pensó un rato, me dio un abrazo y me dijo:
—Lo pondremos en la programación. Eso sí, no te garantizo que lo alcancen a tramitar ni a discutir, pero tienes mi palabra.
Todos se asombraban. Otra sorpresa: no solo había revivido, sino que sería debatido en plenaria como un proyecto de alto interés para la ciudad. Este proyecto tenía toda la vida y fuerza para ver la luz.
Hubo reclamos entre los asistentes a la plenaria; otros proyectos se habían quedado pendientes para el año siguiente. Era el 12 de diciembre de 1996, un día domingo por cierto, y coincidía con la fecha de la muerte de mi papá. Los concejales sesionaron todo el día y ya en las horas de la noche, hacia las 9:00 p. m. más o menos, el recinto estaba lleno y candente. Las barras donde se sientan las comunidades estaban vacías… solo había una persona en esas barras: esa persona era yo. Esta vez quería constatar que todo saliera bien.
Pasaron de proyecto en proyecto hasta llegar al de las escuelas de música. Yo suponía que habría debates, preguntas, consideraciones. El secretario del Concejo leyó el proyecto de acuerdo y todo el texto fue aprobado. Llamaron a votación oculta y, al contabilizarla, fueron 20 votos a favor de 21 concejales.
El proyecto había sido aprobado.
Y pasaron al siguiente proyecto.
Yo estaba listo para gritar, pero me contuve. Lo aprobaron sin ninguna significación. Estaba ocurriendo algo histórico y no parecía importarles.
Bajé al recinto y visité a cada uno de los concejales para constatar que esto sí fuera realidad y no fuera a aparecer algo pendiente. Pero no. Todos estaban muy ocupados y solo me felicitaron. Ninguno de ellos sabía que estaban escribiendo una nueva historia para Medellín.
Al salir del recinto me encontré con una plazoleta solitaria y oscura en La Alpujarra. Era domingo, todo estaba cerrado. Aproveché para pegar un grito que tenía encerrado en mi pecho y también pegué un brinco:
—¡EHH!
De la oscuridad salió un guardia de seguridad y me dijo:
—¿Qué pasa?
Y yo lo saludé, bajé la cabeza y seguí caminando hasta llegar a la calle.
No tenía con quién celebrar ni a quién contarle. Era un cuento muy largo y confuso que había agotado a todo el mundo. No creía que les fuera a interesar. Este era un logro muy grande, pero aún faltaba mucho camino por recorrer.
Entonces llamé a mi mamá y le propuse que me invitara a comer a su casa. Ella solía calentar sobraditos y preparar las mejores comidas. Además, me sabía mimar.
Mientras preparaba la cena, le dije:
—Mamá, hoy ha ocurrido algo muy importante, algo que va a ayudar a cambiar la ciudad y va a hacer historia. Hoy me aprobaron un proyecto muy importante.
—¿Pero no te estás metiendo en problemas? —fue su única preocupación.
—No, mamá. Por el contrario, es un programa que va a hacerle mucho bien a Medellín.
¿Qué sigue en esta historia? La implementación del programa: otra historia tortuosa, pero necesaria y profundamente significativa.




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