El día que Medellín apostó por la música. De la aprobación de los Acuerdos 3 y 4 de 1996 a la implementación del programa.
- Amadeus Fundación

- 28 mar
- 17 Min. de lectura
Venimos de un primer capítulo en el que contamos cómo nació la idea de la Red de Escuelas de Música y qué batallas hubo para convertir ese sueño en ley de ciudad a través de los Acuerdos 3 y 4 de 1996. Ese capítulo cerró con una escena íntima y poderosa: la aprobación en plenaria y el llamado de un hijo a su madre para decirle que algo grande acababa de suceder. Este segundo capítulo arranca justo allí: ¿cómo se volvió realidad en los barrios aquello que ya estaba aprobado en el papel?
Si aún no has leído la primera parte, aquí puedes hacerlo: https://www.amadeus.org.co/post/una-labor-encomendada-el-origen-de-la-red-de-escuelas-de-m%C3%BAsica-de-medell%C3%ADn.
Ahora había que convertir la ley de la ciudad, los Acuerdos 3 y 4 de 1996, en un programa que fuera como una hoja de ruta para que la Secretaría de Educación y Cultura pusiera en marcha el proyecto, lo pudiera vigilar, comprara los instrumentos y delegara a la institución que se encargaría de administrarlo y desarrollarlo.
Suena sencillo; sin embargo, recibimos una dura noticia. La implementación del programa debía salir a licitación pública para darle a todas las entidades culturales la oportunidad de presentar sus propuestas; es decir, que las mismas instituciones que estaban en contra del proyecto desde sus orígenes —antes incluso de la creación de los Acuerdos y que habían hecho de todo para que no avanzara en el Concejo— podrían ahora concursar para ganarlo.
¿La iniciativa de crear el proyecto, trabajar para convertirlo en una ley de la ciudad, conseguirle el presupuesto y luego salir a concursar para poderlo administrar y desarrollar? Sencillamente, me arriesgué con mi equipo de Amadeus como los mejores preparados para responder a ese desafío y contando con que era una iniciativa nuestra. No obstante, seguimos instrucciones y lineamientos y nos pusimos rápidamente en la tarea.
El día de presentar las propuestas estaba muy incómodo y confuso. Estas se presentaban en sobre cerrado; nos encontramos a la misma hora con las demás entidades culturales. Si ellas habían estado en contra del proyecto, ¿por qué ahora sí querían gestionarlo? Curioso. Sin embargo, nos saludamos y deseamos a todos buena suerte.
Uno sale de estos ambientes tan confundido de verdad. No lograba encontrar comprensión ni en el gobierno —cuyos funcionarios solo seguían órdenes— ni en las entidades culturales y sociales de la ciudad, que no parecían comprender la trascendencia del momento. Sentía que todo se trataba de dinero: para sostenerse y sobrevivir, o para sacar una utilidad de lo que se veía como un negocio. Yo no sabía cuánto había invertido y gastado de mi propio bolsillo, de mi familia y de la empresa Amadeus, para llevar las cosas hasta ese punto, más todo lo que faltaba.
Finalmente, salimos avante: ganamos la licitación. Era hora de subir a los barrios a comenzar la implementación del programa y hacer los primeros vínculos con las comunidades; sería un vínculo que duraría para siempre y que había que establecer muy bien.
Comenzamos a conseguir las casas, a hacer adecuaciones locativas, contratar a los profesores, secretarias, área administrativa en Amadeus y a escoger los instrumentos de acuerdo con el presupuesto. Ubicamos el aviso y todo se veía perfecto. Abrimos las primeras escuelas y no llegó nadie. Más adelante llegaron algunos niños, pero no el número que estábamos esperando. Le preguntamos a las mamás, a la gente: ¿qué pasaba?
—¡Miedo!, la gente tenía miedo de enviar a los niños “porque de eso tan bueno no dan tanto”. Nos decían unas señoras: “¿Es que todo lo que ofrecen —profesores, instrumentos— y todo gratis? ¿Que lo paga el gobierno? ¿No será que después nos lo cobran o hay que votar por algún político? A nosotros no nos han dado nada gratis. Ese es el miedo”.
Había que mostrar resultados: fuimos a los colegios y escuelas, tocamos puertas, entregamos volantes, anunciamos la escuela en la iglesia, invitamos a los sacerdotes y a las familias; trajimos músicos de la ciudad y con ellos mostramos las primeras notas que habían aprendido. De repente comenzaron a llenarse las escuelas y se nos vino encima el otro lío: había que recibirlos a todos, y eran cientos. El segundo año contamos mil en total, y luego siguió creciendo este número monumentalmente.
Uno de los casos emblemáticos de la convocatoria para los niños es el de doña Amanda Soto, del barrio Manrique, gran líder comunitaria y gestora de programas tanto para su barrio como para la cárcel Bellavista. Perdió a su hijo en el conflicto, y esto la había comprometido más con el trabajo social. Luchó incansablemente por tener una escuelita de música en su barrio; me visitaba todos los días, pero no era yo quien decidía, sino el gobierno. Finalmente le asignaron una escuela en el barrio Manrique Las Nieves y yo subí con un equipo de profesores, sobre todo a ver el espacio que ella tenía destinado para los niños. Además de conocer todo lo que hace, nos impresionó su energía y dinámica: no se puede quedar quieta, pero es admirable.
Al llegar al espacio dispuesto nos miramos entre todos y no dijimos nada para no incomodarla. El espacio era muy pequeño para nuestro trabajo —de unos 60 × 60— y la idea era trabajar con unos 150 niños; pero pensamos que más adelante podríamos acomodarnos en un espacio más adecuado. Entonces le dijimos que sí, que convocara unos niños, unos 40, para el lunes siguiente, que íbamos a enviar un equipo de profesores a hacer las debidas inscripciones. Todo quedó bien, nos despedimos y entre nosotros hicimos las reflexiones necesarias.
Como sería un grupo muy pequeño de niños, enviamos a un profesor solo con una guitarra y, muy temprano en la mañana, me llamó alarmado:
—“Suba aquí, suba, suba, que esto es una locura y no sé qué hacer”.
—¿Qué pasó? —le dije.
—“Doña Amanda convocó varias comunidades, hay unos 700 niños, la calle está cerrada, la televisión local está aquí, ¡es una locura!”.
La situación se controló horas después y se logró hacer registro de todos los niños que asistieron. Quedaba el interrogante del espacio: era menester encontrar una solución. Pero empezamos en ese espacio y en algunas casas de la comunidad. Atendimos a la gran mayoría de niños.
Fue pasando el tiempo y un grupo de mamás de esa comunidad llegó a mi oficina a hablar de la escuela. Todo iba muy bien y había seguido mi consejo de involucrar al padre de la iglesia local. Me contaron que ya el padre hablaba de la escuela y ese sería el primer lugar para hacer conciertos; que el padre me quería conocer. Y, muy secretiado, muy sotto voce, me dicen:
—“El padre tiene una casa cural, donde vive, muy grande, con muchos espacios; ¿por qué no le pregunta si nos puede facilitar un espacio para unas clases?”.
Me pareció razonable y accedí. Fui a hablar con el padre y aceptó ayudar con el espacio, lo cual todos celebramos y le agradecimos sinceramente.
A los meses llega el mismo grupo a mi oficina y la historia se repite, solo que esta vez me dicen:
—“Juangui, miramos por encima del muro de atrás y hay otro espacio con varios salones; digámosle que nos facilite esos espacios”.
Ya sonaba atrevida la aventura, pero no podía yo apagar esos ánimos y ese compromiso. Me contaron que el padre, muy a regañadientes, aceptó ceder esos espacios.
Unos meses después llegó el mismo grupo y confesaron que habían pasado una puerta que conectaba con otros espacios; que se lo iban a decir al padre, por molesto que estuviera. En todo caso, ya con ira, el padre aceptó; y no contentos con eso, el grupo investigó con el gobierno y descubrieron que el padre ya había vendido la casa al municipio, pero como no se la habían pedido, se quedó viviendo allí ilegalmente.
Unos meses después, todos presenciamos cómo el padrecito salía de la casa con sus maletas, cabizbajo y enardecido. A partir de ese día, la escuela de música de Manrique Las Nieves tuvo casa propia con suficiente espacio para albergar a todos los niños que había convocado doña Amanda Soto.
Esta misma señora había conformado una junta para velar por los intereses de la escuela de música y, por el entusiasmo, los citaba a reuniones muy seguidas, casi diarias, y todos obedecían a doña Amanda. Un día, uno de los miembros de la junta se expresó un poco desesperado:
—“Doña Amanda, yo la aprecio y amo la escuela, pero estas juntas que usted convoca me tienen muy perjudicado. Yo soy ladrón, yo robo y tengo mis horarios, y usted me tiene varado con estas reuniones: no he podido volver a robar”.
Así como está, cada barrio y cada escuela de música que creamos tiene sus historias. Esto se hizo a pulso, con el respaldo y apoyo de las comunidades. Los niños fueron mostrando resultados y comenzaron las presentaciones en los colegios, la iglesia, el parque. Ya los llamaban para cualquier evento y en muy corto tiempo se convirtieron en el orgullo de cada barrio.
Llegaron los instrumentos y fueron distribuidos en las 20 escuelas. La alegría era con lágrimas; les parecía mentira. Los niños y jóvenes trataban los instrumentos como a bebés, con un cuidado… y cuando se los dejamos llevar para la casa, en calidad de préstamo, nos contaban los papás de los niños que dormían con ellos y otras jugaban con los instrumentos como si fueran peluches.
La llegada de los instrumentos al barrio El Limonar —esas cajas grandes y estuches negros— llamó la atención de un joven que en sus ratos libres robaba en el sector. Al ver lo que estaba pasando, fue y se ofreció a ayudar a entrar los instrumentos para ver qué se iba a robar y cómo. Nos cuenta, años después, que sacó algunos instrumentos de los estuches y comenzó a sonarlos, encontrando finalmente el más grande, que es un contrabajo, y se fascinó con su sonido. Preguntó de qué se trataba todo eso y, al enterarse, se inscribió y comenzó a ir a clase. No se robó nada; por el contrario, se convirtió años después en uno de los mejores contrabajistas del programa y un líder ejemplar, de gran corazón.
Comenzaron a sonar las escuelas: las de vientos y percusión armaron sus propias bandas de música, y las de cuerda frotada formaron las primeras orquestas infantiles de cuerdas de la historia de la ciudad. Esto cumplía uno de los más difíciles propósitos y era la base para las futuras orquestas infantiles y juveniles. El violín se volvió popular y borró la historia errada que definía dos culturas y estratos diferentes. Yo soñaba con algún día ver niños en las calles de los barrios cargando sus violines, y gracias a Dios viví para contarlo.
Era tal la situación contra los instrumentos sinfónicos que no se vendían ni prestaban dinero en ellos en las prenderías de la ciudad; eran lo que llamaban “hueso” por su dificultad para venderlos y negociarlos. En una ocasión, un año después de haber comenzado, llegó a mi oficina otro grupo de padres de familia de la escuela de San Cristóbal; llegaron muy bravos e indignados porque unos ladrones se habían entrado a la escuela y se habían robado los instrumentos de viento. Yo lo primero que dije fue:
—“Qué pena con los ladrones, se llevaron el botín equivocado; nunca los van a vender”.
Pero la indignación era mayor y yo no podía entender. Resulta que ya habían visto los instrumentos en unas prenderías del centro de la ciudad, y eso era imperdonable. Muy en silencio pensé, sorprendido, y dije:
—“Si en las prenderías de la ciudad ya están prestando plata en los instrumentos sinfónicos, entonces esto de verdad está cambiando”.
Algunos actores del conflicto tenían sus hijos en la escuela de música y nos enviaban mensajes de gratitud y compromiso por el cuidado y apoyo a la escuela, porque ellos querían un futuro mejor para sus hijos, para que no fueran más adelante actores del conflicto, como ellos.
Al pasar el tiempo —tratando de hacer breve esta historia— comenzamos a juntar todos los instrumentos de cuerda y, aparte, todos los vientos, logrando las primeras integraciones de cara al gran reto de formar la primera orquesta sinfónica. Pero individualmente cada escuela hacía sus presentaciones en las comunidades, en el formato de orquesta de cuerdas y banda de música.
Teníamos uno de los primeros conciertos con la Banda de Belén Rincón y había un solo de corno francés muy importante en una de las obras. Citamos a los integrantes a las 8:00 a. m. para recogerlos en el colegio. El uniforme era jean azul y camiseta blanca, algo que pensábamos que todos tenían en su ropero. El intérprete del corno francés estaba advertido de lo importante de su presencia. No podía llegar tarde. Llegadas las 8:00 a. m., este pequeño músico no apareció; esperamos un ratico y no llegó.
Fuimos a dar el concierto; reemplazamos esa obra por otra. Todo salió bien, pero el abandono del menor no podíamos pasarlo por alto. Volvimos al barrio y, esta vez, a su casa, y lo sorprendimos allí. De inmediato comenzamos a cuestionarlo, con la intención de que comprendiera su falta grave, y le preguntamos:
—¿Qué pasó?
El niño, en lágrimas, nos dijo:
—“Es que mi hermano y yo solo tenemos un blue jean y lo compartimos. Esta mañana él se madrugó para un paseo y no me dijo nada; yo salí a buscarlo y no lo encontré, y yo sabía que no podía ir sin bluyín”.
Estas historias nos fueron conectando aún más con la realidad de los barrios, de los niños y jóvenes y sus rutinas.
Mientras tanto, en la parte administrativa había una lucha diaria por hacer rendir los recursos. Los contratos no eran por años. El gobierno había utilizado el presupuesto que conseguimos en otras cosas supuestamente más urgentes, entonces había meses sin ningún recurso del gobierno y, cuando por fin pagaban, no reconocían los meses laborados sin contrato. Nosotros asumíamos esos valores sin tener oportunidad de que luego nos fueran reconocidos los recursos. Es una decisión absurda y peligrosa ponerse uno a financiar al Estado, pero un programa de estas características no se podía suspender por un tiempo indefinido cada año y luego volver a empezar en cualquier momento. ¿Cómo dejamos a los niños esperando? ¿Cómo cerramos las puertas de las escuelas de música que ahora se habían convertido para muchos en su segundo e incluso primer hogar? Esto nos costó mucho dinero y una crisis financiera terrible. Necesitaba soluciones, opciones, favores del Cielo. Era el año 1997.
Por esos días me había enterado de un programa de orquestas sinfónicas infantiles y juveniles en Venezuela, a cargo de un señor Abreu, pero no lograba contactarlo y no tenía conocidos que me pudieran ayudar. En esos tiempos trabajaba en varias áreas: las escuelas, el programa del Momento de la Música en el Parque de Banderas, las charlas de apreciación musical en la sede en Laureles, y esporádicamente acompañaba a algún artista con los comentarios musicales a las obras que estuviera interpretando. Es el caso de la gran pianista Teresita Gómez, gran amiga y extraordinaria artista.
Habían programado un concierto en un club privado de Medellín para recibir al embajador de Colombia en Caracas y Teresita, que iba a tocar allí, sugirió que yo hiciera los comentarios sobre las obras, lo cual fue aceptado y nos dimos a la tarea, que resultó muy bien: muy aplaudidos y, de hecho, sorprendidos por la acogida que tuvo el programa. Una vez fuera del escenario, se acercó Saúl Pineda (amigo de infancia y aliado clave que gestionó aquella primera reunión con el alcalde; aquí nos volvió a tender la mano) con el embajador, quien nos felicitó y propuso hacer el mismo programa en Caracas. Yo sugerí que fuera Teresita sola —ella era la artista y yo era un colado, nada más—. El embajador insistió hasta preguntarme qué podía hacer para convencerme. En ese momento pensé y le pregunté si conocía al maestro Abreu; respondió que sí, que eran amigos. Entonces le dije:
—“Usted me consigue una cita personal con él y yo voy con Teresita a Caracas”.
A la semana me llamó el embajador y me dio la fecha del recital, y la fecha y hora de mi reunión con José Antonio Abreu, un ser inmenso que lideraba el programa de orquestas sinfónicas infantiles y juveniles de Venezuela llamado El Sistema.
Yo sabía muy poco sobre el maestro Abreu; en cambio, él sabía todo sobre mí y el programa social de escuelas de música en Colombia. La reunión fue muy amena y reveladora: por fin había encontrado a alguien que veía las inmensas posibilidades en esta labor, y lo poquito que pude conocer en esa breve reunión me dejó maravillado. Entre los temas que tratamos estuvo su voluntad de facilitarnos maestros para hacer talleres con los niños y ayudarnos a impulsar el programa de Medellín. Me dijo:
—“Quédate esta noche que tengo algo para mostrarte”.
Y yo no me podía rehusar.
La cita de esa noche era en el complejo cultural Teresa Carreño; allí se presentaba la Orquesta Juvenil de Caracas, que más tarde fuera la Jóvenes de la Bolívar y luego la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Estaba asistiendo a uno de los más importantes momentos en el desarrollo de esta orquesta hoy admirada en el mundo. Allí estaba un joven brillante y talentoso que tocaba en la primera fila de violines: Gustavo Dudamel, y otras figuras que estaban a punto de brillar en todos los continentes.
Yo nunca había visto u oído una orquesta juvenil, sobre todo de ese nivel; y, siendo este ejemplo lo que coincidía con nuestro plan futuro —que además no sabía cómo lo iba a desarrollar—, sentí que el universo me tenía allí para algo majestuoso.
El maestro Abreu dijo unas palabras antes del concierto y, entre los invitados, me presentó a mí como el líder de un programa social y cultural de gran trascendencia en Colombia, y que él y su equipo iban a apoyar con todo. Estas palabras le costaron grandes dolores de cabeza al maestro unos años después, pero yo las aproveché todo lo que pude.
El concierto fue maravilloso. Yo quedé sin palabras. Yo pensaba que podían tocar… ¿pero tanto? Eran perfectos y llenos de un entusiasmo desbordado. Salí pensando que esa noche se había resuelto el misterio y que no tendría que crear un programa, sino construir sobre la experiencia de los expertos. Así que nos dimos la mano y comenzamos a trabajar.
A mi regreso a Medellín comenté lo que viví en Caracas con los más cercanos. Ya lo que necesitábamos estaba inventado y la segunda fase del programa estaba definida: aprovecharíamos el apoyo de Venezuela y daríamos un paso histórico en la formación sinfónica de niños y jóvenes. La reacción fue ambigua: sentí admiración y alegría por parte de unos profesores y escepticismo por parte de los más tradicionales, lo que más adelante se convertiría en una triste rivalidad, hasta el punto de llevarnos a un punto de quiebre por dos visiones totalmente antagonistas sobre la formación humana musical.
Nunca imaginé que esto podría pasar. Descubrí que ellos no veían el programa como una oportunidad para aplicar otras metodologías y generar un cambio para un resultado distinto. Inspirarnos en otros modelos, aprender, ampliar nuestros horizontes y aprovechar experiencias para ofrecerles a nuestros niños otras formas de vivir y aprender la música. Esto fue doloroso, pero me mantuve firme, y con los pocos profesores comprometidos que quedaron emprendimos el trabajo más transformador que hayamos experimentado nunca.
Ese resto de año y parte del siguiente me dediqué a concretar la ayuda del maestro Abreu; no lográbamos arrancar: había cambios de planes, demoras, cancelaciones… Yo insistía y lo perseguía sin dejarlo respirar. Conociéndolo mejor, mucho más adelante, fue esa insistencia la que lo convenció de mi compromiso, hasta que por fin, comenzando el año 1998, me anunció la visita de un profesor experto en El Sistema, de nombre Rubén Cova. Era el comienzo de una unificación histórica que catapultó el programa de una manera vertiginosa. Vale acotar que el programa de Venezuela ya tenía relaciones con un programa en Bogotá, pero el desarrollo del programa sinfónico juvenil no se había logrado precisamente por ese escollo frente a la metodología exitosa que, al sentir de algunos profesores tradicionalistas, no formaba musical e integralmente a los jóvenes; y por la insistencia en modelos más enfocados a lo tradicional e institucional que al disfrute, el desafío y el resultado tangible de un logro musical en menos tiempo.
Nada de esto habría sido posible sin el talento y la entrega de los maestros y maestras, y de los directores de agrupaciones que se jugaron la vida por este programa. Ellos aprendieron en el camino, se atrevieron a cambiar, se reinventaron y crecieron como artistas y como personas, siempre con los niños y jóvenes en el centro. Gracias, por siempre, por convertir cada clase en una oportunidad, cada ensayo en una casa común y cada concierto en una celebración de lo que somos.
¿Por qué insistir nosotros en el tiempo y en el disfrute de los jóvenes? Porque ese debe ser el propósito general: la música no está hecha solamente para los talentosos, los que la puedan pagar, y los procesos no son iguales. Tanto se frustra un niño muy talentoso por el rigor de su aprendizaje, como un niño menos talentoso al que no se le desafía lo suficiente ni se le aportan estrategias para que también lo pueda lograr. La música académica es muy exigente, pero ofrece resultados elevados y reconocibles. Nuestra labor es despertar el entusiasmo y ofrecer herramientas para que el niño despierte su talento y alcance un nivel académico que le permita entrar en las escuelas especializadas para este propósito, mientras se define si la música es la profesión que quiere seguir.
Históricamente, hemos manejado un porcentaje aproximado: cerca del 70 % de los miles de estudiantes que han pasado por el programa no han seguido con la música, pero sí han querido culminar la educación secundaria e incursionar en la educación técnica y superior, eligiendo profesiones también necesarias en la sociedad: emprendedores, abogados, ingenieros, productores, médicos; es decir, los hay en todas las profesiones. Y aquellos que se dedicaron a la música son grandes artistas en todos los géneros musicales, incluyendo la música clásica o académica.
Nuestra visión riñe con algunos conceptos de la formación tradicional —no debería—. Hemos llenado los conservatorios y las orquestas locales, nacionales e internacionales de grandes intérpretes, de jóvenes entusiastas que inspiran y motivan a ser parte de un movimiento juvenil; y esto tiene un valor inmenso. Pero si se entiende el propósito y la misión social de fondo —que nunca se puede perder de vista—, se comprenderá que el modelo tradicional debía ser replanteado y que nuevas estrategias debían incorporarse para lograr una formación colectiva, masiva y a la vez cuidadosa, basada en resultados palpables y oportunos, sobre todo pensando en el componente más importante en la discusión: los niños y jóvenes.
Una de las tareas más lindas ha sido enamorar a los jóvenes de la música, y esta pasión se ve reflejada en su deseo inmenso de tocar los repertorios universales, superar desafíos y ser parte de ese “Tutti” que no es otra cosa que miles de jóvenes —muchos de ellos de escasos recursos— vibrando con grandes obras de la humanidad, mientras hacen un viaje interno a su sensibilidad, a su crecimiento humano y a la riqueza espiritual en cada uno. Frente a este objetivo, las demás consideraciones se quedan pequeñas.
Nuestra niñez y juventud está en riesgo; no podemos esperar a que se definan a sus 16 o 17 años. Habríamos perdido más de diez años de trabajo y la posibilidad de que lleguen a esa edad definitiva con amor propio, creyendo en sí mismos, resiliencia, mentalidad de crecimiento, ganas de vivir y de ser parte de maravillosas experiencias que enriquecen su espíritu y les dan una herramienta adicional para navegar la vida.
Así que, volviendo a la historia, me mantuve en mi posición y recibimos al maestro Rubén Cova con hospitalidad y cariño; quisimos atenderlo bien para cumplir con el protocolo. Solo iba a estar dos días en Medellín, pero de inmediato nos pidió que lo lleváramos a las escuelas a conocer a los muchachos. Escogimos las dos más avanzadas del momento: Aranjuez y Castilla, con quienes ya habíamos conformado dos pequeñas agrupaciones solamente de cuerdas con los 10 o 15 más avanzados. Hasta ahí llegaba nuestro atrevimiento. El maestro sugirió que llamáramos a todos los niños que pudiéramos; él trabajaba con todos, no con algunos. Nos dijo que estuviéramos tranquilos.
Empezamos en Aranjuez. Algunos niños ya sabían coger el violín o el cello; otros no sabían ni poner los dedos en el instrumento, y otros no habían visto ese instrumento en todas sus vidas. El maestro asumió la afinación de todos los instrumentos —a lo que se unieron otros profesores— y comenzó un ejercicio simple, sin partitura: colocar los dedos, acercarse a la afinación adecuada, trabajar los golpes de arco.
Al principio era un caos; unos 100 alumnos estaban en el evento, para asombro de los profesores. Poco a poco fue ganando terreno y los niños fueron afinando mejor, sonando sus instrumentos, en varios ritmos y velocidades. Fueron cerca de cuatro horas con un resultado milagroso, tanto musical como en la alegría de los muchachos. Habían avanzado algo más de un año en esa sola tarde con Rubén. El mismo trabajo se hizo en Castilla y, el último día, juntó las dos agrupaciones, lo cual fue atrevido pero emocionante: sonó aquello con consistencia y afinación, muy compacto, asombroso. Me dijo Rubén:
—“Ahí tienes la orquesta de cuerdas con unos 40 alumnos”.
Un trabajo similar se hizo en dos de las escuelas de viento y percusión. Allí Rubén mejoró las posturas de los alumnos para respirar mejor; la proyección del sonido, las embocaduras, y revisó las obras de iniciación que ya tocaban, logrando un resultado asombroso. Me dijo:
—“Ahí está tu sección de vientos y percusión. Ya podemos armar la Orquesta Sinfónica”.
Obviamente el tiempo no daba para tanto, pero quedamos abismados del logro en solo dos días de trabajo y con la sensación de haber dado un paso gigante en el objetivo de crear las primeras orquestas sinfónicas infantiles y juveniles. Sencillamente no lo podíamos creer: estábamos ante un evento histórico que se tomó décadas para realizarse en nuestro país y del cual nuestros niños eran los protagonistas.
Si algo nos enseñó este comienzo es que la música es un medio para la dignidad, no un lujo. Que entrar a los barrios con respeto —a escuchar primero, a formar en colectivo, a lograr resultados visibles en poco tiempo— crea confianza y abre puertas que la burocracia no alcanza. Y que la permanencia del programa en el tiempo es tan importante como su calidad: se trata de cuidar procesos de vida, no solo de montar conciertos. Al final del día, la Red existe para poner a los niños y jóvenes en el centro, para que se reconozcan capaces, para reparar tejido y para ampliar oportunidades. Esa ha sido, desde el origen, la apuesta y la promesa.
Y, como toda buena historia, esta apenas empieza. Muy pronto saldrá publicada la historia completa de este programa, entrelazada con la vida de nuestro fundador, Juangui. Porque quedan muchos capítulos por contar, muchas aventuras, desafíos y aprendizajes que —más allá de narrar la Red— cuentan cómo brota una causa humana desde la adversidad y se convierte en inspiración para niños, jóvenes, familias y líderes que quieren contribuir, desde la verdad, la vulnerabilidad, la bondad y la audacia, a la construcción de una sociedad más justa, digna y humana para todos.




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